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Mtro. Alejandro Silva Antúnez

Psicólogo y Psicoanalista

(Cédula 08720770)

Atención psicológica para adultos, adolescentes y niños.

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lunes, 25 de marzo de 2013

El caso Juanito de Freud: ¿Qué es lo castrado en la castración?


Uno de los casos clínicos más importantes de Freud fue el de Hans (Juanito en castellano). Un niño de 5 años de edad que sufría de una intensa fobia a los caballos. El tratamiento del pequeño paciente fue realizado por su propio padre, no por Freud; este último sólo fungió como guía en el análisis de Juanito, recordemos que en la época esta práctica (analizar a familiares) era común.

El caso ha dado para muchas discusiones, desde las éticas y técnicas relativas al tratamiento de familiares, al análisis de niños, entre otras, hasta discusiones teóricas sobre la sexualidad infantil, el origen de las fobias, el complejo de Edipo, etc. Este trabajo en particular se enfoca en el complejo de Castración, piedra angular en el caso del pequeño Juanito.



El análisis de Juanito tuvo un papel fundamental en el descubrimiento y descripción del complejo de castración. De acuerdo con Laplanche y Pontalis, este complejo se centra en la fantasía de castración que aporta una respuesta al enigma, que la diferencia anatómica de los sexos, plantea al niño. Esta diferencia se atribuye al cercenamiento del pene en la niña. 

Esta teoría sexual del niño se ve influida por el momento de desarrollo psíquico pregenital presente, es decir que aunque el pene ya es durante la fase fálica la zona erógena más importante, teniendo su “pérdida” un fuerte impacto en el narcisismo, aún no se le concibe como un órgano con función reproductiva. 


¿Tiene el pene, como realidad anatómica, tal importancia en el complejo de castración?  ¿O lo que tiene valor es la fantasía de retaliación agresiva dirigida, durante la etapa fálica, al pene? ¿O lo importante es la función simbólica que adquiere la representación “pene” y por lo tanto la teoría infantil de castración  es la metáfora de alguna otra falta?


Freud señala desde La interpretación de los sueños la figuración simbólica de la castración, está representada por una falta, o bien por la insistencia en señalar el elemento fálico a través de la multiplicación de penes. Aquí le da a la castración el valor de símbolo, suceptible de ser desplazado, condensado, etc., es decir sujeto de las formaciones de lo inconsciente. 


Nuevamente Laplance y Pontalis apuntan respecto a la fantasía de castración que: “…se puede encontrar bajo diversos símbolos: el objeto amenazado puede desplazarse, el acto puede deformarse, y el agente paterno hallar los más diversos sustitutos.” Esta fantasía adquiere su efecto e importancia en el marco de la fase fálica del desarrollo psicosexual infantil, que “se caracteriza por la unificación de las pulsiones parciales bajo la primicia de los órganos genitales; pero a diferencia de la organización genital puberal, el niño o la niña no reconocen en esta fase más que un solo órgano genital, el masculino, y la oposición de los sexos equivale a la oposición fálico-castrado.”


Sin embargo, el conflicto teórico respecto a la universalidad del complejo de castración, y de su papel en la niña han levantado desacuerdos entre los psicoanalistas. Me parece que los intentos que han habido por resolver la polémica respecto al papel que este complejo generaría en la niña se dirigen a devolverle su papel de fantasía, de símbolo y representación, más que de realidad. 


Algunas alternativas se han dirigido a localizar experiencias de pérdidas previas a la castración que tengan el valor de significar en retrospectiva el papel que el complejo de castración tiene durante la fase fálica. Por ejemplo, haciendo uso de las equivalencias simbólicas entre diversos objetos parciales el mismo Freud propuso la equivalencia psíquica entre pene-heces-niño, siendo los tres objetos susceptibles de ser desprendidos del cuerpo en la fantasía infantil. Freud remite esta equivalencia pues las heces fueron el primer fragmento del ser corporal al que el niño tuvo que renunciar. 

Por ejemplo, Melanie Klein propone una lógica distinta al ubicar la angustia de castración en una fase de desarrollo más temprano, y que resulta diferenciada en sus efectos dependiendo del sexo del bebé. La angustia de castración en ambos casos parte de una fase femenina común en el desarrollo oral, se origina con la fantasía de succión del pene del padre tras hacer una sustitución del pecho por el pene que la madre ha incorporado. 


El interjuego de ataques fantaseados característico de la posición esquizo paranoide, y la ambivalencia posterior en el desarrollo psíquico, tienen consecuencias en la angustia de castración. Los ataques al interior del cuerpo de la madre, y a los penes-bebés dentro de ella resultan en angustias de ataques equivalentes en el propio cuerpo, especialmente en el caso de la niña, cuyo interior es particularmente proclive al daño dado que la ausencia de un órgano genital como el pene no permite el reaseguro, con la realidad, de su integridad. 


El varón sufre en menor medida de esta angustia de daño interno, pero teme la castración por el ataque del pene malo dentro del cuerpo de su madre, que al introducir el propio, sería destruido en retaliación. Green dice de la teoría kleiniana de la castración que la angustia resultante es un aspecto muy parcial de una angustia mucho mayor, cuyo objeto, es el cuerpo y su interior. 


El conflicto que veo con este tipo de planteamiento es que dicha amenaza de pérdida puede remontarse y referirse análogamente a un evento traumático cada vez más temprano en el desarrollo. Pienso que referirlo a una protoexperiencia, ya sea de pérdida o de angustia, quita el sentido y significado particular que cada pérdida tiene en el Anlage  de cada etapa del desarrollo psíquico.


Otra explicación original sobre el complejo de castración es la que brinda Lacan al retomar el concepto del falo que Freud insinuó, y organizar bajo él, toda la estructura de su teoría. Lacan pone nuevamente al centro de la discusión psicoanalítica el complejo de Edipo, siendo el complejo de castración básico para originarlo. 


Por varios años las investigaciones, como las de Klein, se habían enfocado en las etapas preedípicas.


Nasio señala 3 puntos centrales en la teoría lacaniana respecto a su concepción del humano, en primer lugar lo define como un hombre que simboliza, que metaforiza, y en el cual, la realidad no existe sino representada. Dice que vivimos en la metáfora, es decir que siempre suplimos la realidad por otras cosas que la designen, vive la realidad representada y el inconsciente es el conjunto de representaciones organizadas entre sí, como lenguaje del que él no tiene consciencia.


En segundo lugar, el hombre de Lacan es un hombre que desea, que quiere, que busca. Está ligado a las pulsiones, el deseo no se realiza nunca totalmente, sólo parcialmente, y ni sabemos que estamos animados por un deseo, ni tampoco sabemos muy bien de qué cosa es ese deseo. Esto lleva al tercer punto, que hace que el hombre de Lacan sea un hombre del reencuentro, del encuentro fallido y perdido. De ahí su expresión “no hay relación sexual” en el sentido de una relación completa, genital, y en que el deseo se colme, pues todos somos sujetos de una falta y no podemos brindar aquello de lo que carecemos.


En su teoría acerca del complejo de castración, se anudan los 3 registros de los que Lacan habla, la frustración corresponde al imaginario, la privación corresponde a lo Real, y finalmente la castración a lo Simbólico. Lacan plantea que el niño y la niña, insertos en un sistema cultural simbólico desde antes de su nacimiento, son quienes insisten en que algo falte al constatar la diferencia anatómica entre ellos, y el significado que brindan a esa falta depende de cómo se simbolice en su Edipo.


La falta originaria, al igual que en otras teorías, se remonta al desarrollo temprano. En este caso parte de dos sitios, el primero propio del bebé, quien busca repetir en toda satisfacción libidinal la huella mnémica producida por la primera satisfacción, es decir busca en el exterior rencontrar el objeto inexistente que brinde la plenitud absoluta. Esta búsqueda, mientras sea incompleta, moviliza las pulsiones.


En segundo lugar, esta falta originaria proviene de la madre misma, designada por su función como Otro. Es el Otro quien representa la posibilidad de completud absoluta que el bebé busca, pero ese Otro también es incompleto y no puede brindar aquello que no tiene. Todo este intercambio de expectativas imaginarias imposibles, pues el Otro-madre también desea colmar su falta con el bebé-falo, Lacan lo llama frustración. 


Luego la privación, en la que la falta se encuentra en algo real, como en el caso de la diferencia anatómica de los sexos y la oposición castrado-fálico. Sin embargo, todo esto cobra sentido a partir de la capacidad simbólica del sujeto, pues para Lacan no existen ni el hombre ni la mujer en lo real, sino desde lo simbólico, “donde lo real del cuerpo es organizado a través de lo simbólico, generando lo imaginario de una “individualidad”.


La castración se da cuando aparece en escena la Ley Paterna, y organiza las otras dos categorías de falta.  Para que la castración tenga sentido, exige la frustación, es decir la renuncia a ser el falo de la Madre, pero también le da sentido a la privación, pues solo desde lo simbólico la privación es concebible. 


Así planteado, el complejo de castración resulta de la simbolización que se hace sobre el objeto de la falta, el falo. En la etapa fálica, el pene como presencia o ausencia sólo tiene importancia respecto a cómo se haya asociado con el significante de la falta, el falo. Plantea una igualdad en el desarrollo infantil de niños y niñas previo a que la castración, como simbolización de la falta, tiene efecto.


En todo caso, pienso que lo castrado tiene poco que ver con el pene como realidad anatómica, coincido con las perspectivas que toman el concepto como símbolo de otra cosa, quizá pecho-pene de la madre, quizá la posibilidad de la completud a través de ser el falo de la madre, pero tomando como punto de partida la realidad anatómica que dispara, como Freud dedujo, una serie de fantasías que intentan explicar dicha diferencia. 


jueves, 21 de febrero de 2013

¿Cómo viven los hombres el amor?


Hablar sobre la forma en que los hombres viven el amor lleva inevitablemente a hacer algunas definiciones y generalizaciones algo arbitrarias acerca de lo que son los hombres y de lo que es el amor; sin embargo también es cierto que desde hace décadas se ha cuestionado desde muy distintos puntos de vista si los hombres y las mujeres perciben de igual manera los sucesos que viven, siendo uno de los más importantes el amor.

Desde un punto de vista biológico, los hombres y las mujeres nos desarrollamos de un modo distinto. Por ejemplo, el papel de las hormonas es importante desde el proceso de gestación de un bebé, y no solo porque determinan su sexo, sino también porque influyen en el desarrollo de ciertas áreas del cerebro, así como en la conexión entre estas áreas, lo cual tiene un efecto en la forma en que percibimos y por lo tanto, en que tomamos decisiones.

También hay estudios que revelan algunos efectos de las hormonas en el comportamiento social de los adultos. La testosterona se dice que afecta la interacción o cooperación entre personas, pues las vuelve más competitivas y están menos dispuestas a escuchar las propuestas de los demás. Por otra parte la oxitocina, que está presente en mayores concentraciones en las mujeres, tiene un efecto muy importante en el apego, por ejemplo sus niveles máximos de producción son durante la lactancia, favoreciendo el apego de la madre con su bebé.

Podemos comenzar a ver algunas diferencias en la conducta de hombres y mujeres que parten desde una base biológica; sin embargo no es suficiente para explicar todas las diferencias que hay en torno a cómo se vive el amor, pues los humanos somos también seres sociales y psicológicos. 

En el terreno de lo social, entran en acción las expectativas, valores, ideales y condiciones que cada cultura aporta para favorecer o inhibir ciertas conductas entre las personas. A estos roles culturales sobre lo que se espera de cada uno de los sexos, se les conoce como roles de género. Por ejemplo, que los hombres sean trabajadores, competitivos y atrevidos, mientras las mujeres delicadas, cariñosas y fieles, son algunos de los ideales de género que hay en la cultura occidental. 

Estos roles de género son aprendidos consciente e inconscientemente, y marcan conductas a seguir para las personas, pero también limitan algunas otras. Que los hombres no lloren, ni se muestren vulnerables limita algunas formas de expresar el amor romántico para ellos, pero esto no quiere decir que no se enamoren o tengan sentimientos, sino que tienen otras formas de expresarlo. 

Uno de los principales conflictos entre hombres y mujeres que son pareja, tiene que ver con la forma en que cada uno expresa sus sentimientos de amor y cariño hacia el otro. Suele suceder que mientras la mujer, más sensible, tierna y romántica por su rol de género, espera ese mismo tipo de muestras de amor de su pareja; mientras tanto el hombre, más enfocado en lo práctico, productivo y concreto, nunca se entera de lo que su pareja esperaba de él.

Mientras ella puede esperar detalles románticos, palabras tiernas o muestras de compromiso, los hombres suelen expresar su amor de otras maneras, por ejemplo ayudando a su pareja con tareas cotidianas, realizando actividades juntos, o siendo puntuales, es decir mostrando con acciones (y no con palabras o símbolos) su interés por la otra persona.

En general hay una tendencia de los hombres a expresar y vivir el amor de forma más práctica y concreta que las mujeres. Sin embargo, ni la biología, ni la sociedad, brindan razones suficientes para justificar algunas formas de vivir o huir del amor, pues por mucha biología o cultura que nos influya, los humanos somos los únicos seres vivos conscientes y capaces de reflexionar y modificar nuestra conducta.

Las variaciones en la forma en que los hombres de una misma cultura viven el amor depende entonces de factores emocionales o psicológicos. Uno de los conflictos más usuales entre los hombres frente al amor, es el de sentirse atrapados cuando la relación de pareja llega a cierta profundidad, usualmente se le llama miedo al compromiso. 

Este rechazo a la cercanía puede expresarse de muchas formas, ya sea a través de infidelidades, malos tratos, distancia emocional, o simplemente no pudiendo establecer una relación seria. Este conflicto puede tener muchas motivaciones inconscientes, algunas de ellas ligadas al desarrollo temprano de la personalidad.

En el caso del niño, la madre es la primera persona con la que establece una relación de cercanía, esta cubre todas sus necesidades y él depende por completo de ella para su supervivencia. Al crecer, el niño va adquiriendo independencia e identidad; la forma en que se “separa” paulatinamente de la madre es de suma importancia, pues el varón en particular debe poder desprenderse de ella para “ser un hombrecito como papá” (u otro varón modelo). 

Si hay conflictos en esta separación, ya sea por dificultades del niño o de la madre para desprenderse, el niño siente coartada y en riesgo su capacidad, virilidad e independencia, pudiendo quedar marcado con una forma de sentirse ante la cercanía de otros, particularmente de las mujeres.

En todo caso, cada hombre es distinto, aunque hay ciertos factores que influyen en la conducta y vivencia del amor, pero en última instancia si uno, sea hombre o mujer, no se siente cómodo con su vida amorosa, ya sea por algo que él/ella haga o deje de hacer, o por el tipo de parejas que siempre se consigue, se puede reflexionar un poco sobre nuestra conducta, o buscar ayuda para modificar nuestros patrones de comportamiento, por suerte los seres humanos somos flexibles en nuestra forma de vivir.

martes, 15 de enero de 2013

¿Cómo pasar la Navidad sin los seres queridos?


La Navidad es una fecha importante dentro de nuestra cultura. La tradición más común es organizar una gran cena y pasar la ocasión con nuestra familia, pero ¿qué sucede cuando no podemos pasar la Navidad con nuestra familia? 

El impacto emocional que esto puede tener en nosotros depende de algunas circunstancias alrededor del hecho de no pasar la Navidad en familia, por ejemplo de las tradiciones familiares, de la relación que existe en ese momento con nuestros familiares, y del motivo de nuestra ausencia.

Sobre la relevancia de la celebración, hay familias que festejan y hacen reuniones constantemente a lo largo del año siendo todas igual de importantes, hay otras que “eligen” otras celebraciones como las más importantes del año (cumpleaños de la abuela, fiestas patrias, día de muertos, etc.), y hay algunas para las que la Navidad es la ocasión más especial del año. 

Así que cuando en nuestra familia hay grandes expectativas sobre pasar juntos la navidad, lo más probable es que nosotros mismos tengamos altas expectativas ligadas a esta fecha. Finalmente somos miembros del mismo grupo y compartimos más o menos las mismas tradiciones, y a mayor expectativa, mayor decepción en caso de no poder estar con los nuestros. 

Incluso hay familias en que la presión por reunirse en navidad se vuelve una exigencia (e incluso crítica) por que estemos presentes.

Adicionalmente, la causa de nuestra ausencia en esta celebración tiene un papel importante en nuestros sentimientos, ya sea, por ejemplo, por motivos de trabajo, de pareja o económicos, el principal detalle recae en si es nuestra decisión o nos sentimos obligados a causa de una presión externa a no estar presentes. Si la decisión recae en nosotros, tenemos el alivio de sentir que es una elección libre, pero el conflicto surge si la decisión no es nuestra, sino estamos “obligados” por las circunstancias externas, en este caso nos frustramos aún más.

Quizá el motivo más conflictivo tiene que ver con la negociación en pareja sobre la forma de pasar Navidad. En el mejor de los casos ambas familias se consideran como la propia, así que cenar con unos o con otros es igualmente disfrutable. Otro escenario positivo es cuando hay acuerdos más o menos satisfactorios entre la pareja y pasan una fecha con la familia de uno y otra con la familia del otro (Navidad y Año Nuevo), o cambian cada año el lugar del festejo.

Sin embargo, en los casos en que no hay acuerdos, o peor aún, en los que no hay una buena relación con la familia política, surgen conflictos emocionales importantes. Estos conflictos rebasan la decisión sobre la Navidad y suelen “destapar” problemas más profundos en la relación de pareja que son importantes de atender a tiempo. 

Otro factor que determina nuestro sentir cuando no podemos pasar la Navidad con nuestra familia es la relación y la situación familiar que existe en un momento dado. Si la relación es buena y, por ejemplo, y se une con la ausencia de un ser querido fallecido recientemente, la situación se torna muy dura. Las reuniones familiares suelen tener mayor importancia en circunstancias como estas porque sirven para apoyarse unos a otros y mantener la cohesión como grupo familiar. Por el contrario, si no tenemos una buena relación con la familia, el no pasar la Navidad con ellos puede provocar  incluso un sentimiento de  alivio.

Frecuentemente, el hecho de no pasar la Navidad con la familia se convierte en un reto que puede generar un sentimiento de frustración, pero identificar la forma en que lo manejamos es muy importante porque habla de la manera en que afrontamos otros retos y frustraciones, grandes y pequeños que se presentan en la vida. 

Cada quien responderá a la pregunta ¿qué pasa cuando no podemos pasar la Navidad con nuestra familia? de acuerdo sus circunstancias externas, pero también a su personalidad. Podemos aprovechar la ocasión para reflexionar si tendemos a culpar a los demás por nuestras dificultades, si la frustración saca lo peor de nosotros y reaccionamos de forma agresiva, o si la tristeza ciertamente “normal” de la situación se vuelve una bola de nieve que termina por deprimirnos.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Estructura Histérica: Identificación, deseo y goce.



El caso de Dora es uno de los trabajos psicoanalíticos más famosos de Freud. En su momento fue pensado por su autor como una muestra del trabajo que realizaba con los sueños de sus pacientes, otra de sus intenciones a nivel teórico fue la de sustentar la etiología de la neurosis histérica sustituyendo la previa teoría de la seducción, por la del deseo Edípico reprimido y causante de síntomas.


El caso ha dado pie a muy diversas discusiones e investigaciones por parte de psicoanalistas de todas las épocas y posicionamientos teóricos. Se discute tanto el material contenido en el escrito de Freud, como el ausente; se ha buscado comprender el caso de modos diversos al que Freud eligió, se han propuesto distintos diagnósticos basados en la información y suposiciones hechas a partir del caso, se han hecho debates en torno a la técnica usada por Freud de principios de Siglo XX. 

Dora fue vista, tratada y descrita como histérica por Freud a partir de la sintomatología conversiva, y el conflicto Edípico observado por él. Mi intención en el trabajo es orientar y fundamentar el diagnóstico histérico por la estructura, más que por la sintomatología, tomando como bases algunas de las ideas que la escuela francesa, representada por Jaques Lacan, ha hecho al respecto.

En primer lugar es importante hacer algunas anotaciones respecto al punto de partida teórico de Lacan, pues influyen en el desarrollo de su perspectiva metapsicológica, y por lo tanto en su apreciación del caso de Dora. Lacan recupera las enseñanzas de Freud y lo reinterpreta a partir de introducir la estructura del lenguaje en su entendimiento del inconsciente; para este psicoanalista el inconsciente está estructurado como lenguaje.

Lacan justifica su proceder al analizar los mecanismos de condensación y desplazamiento descritos por Freud en “La Interpretación de los Sueños”, encuentra en ellos la analogía entre el funcionamiento de los procesos inconscientes y algunos aspectos estructurales del lenguaje (metáfora y metonimia por ejemplo). Las consecuencias de esta forma de comprender los contenidos inconscientes llevan a remitir el inconsciente a la estructura del lenguaje. El acto mismo del lenguaje hace surgir el inconsciente, y es el lugar donde se expresa. 

Al igual que Freud, el trabajo teórico de Lacan en torno a la histeria se actualizó de acuerdo al momento de desarrollo de sus respectivos trabajos clínicos y metapsicológicos. Así, mientras muy temprano en sus investigaciones, Freud encuentra con la “conversión” la primera explicación defensiva de la histeria (proceso por el cual la magnitud de estímulo de la representación  intolerable resulta transformada en excitación somática), Lacan describe la histeria como un discurso, es decir como una forma lenguaje estructurado. 

Si Freud incorporó a su tesis de la histeria las nociones de trauma, fantasía, pulsión, complejo de Edipo y de castración, Lacan complementó la suya de la estructura del discurso histérico con la modalidad del deseo, la subjetividad, la identificación viril, y el papel del goce. Lo que distingue los trabajos de ambos psicoanalistas es el punto de partida para explicar la formación de los síntomas.


A continuación se desarrollan algunas de las ideas que sostienen la tesis lacaniana en torno a la histeria de Dora. Por ejemplo, el componente homosexual de Dora, señalado por Freud en su revisión del caso, es retomado por Lacan e introducido en su planteamiento acerca de la histeria en general como una “identificación viril”. Dicha identificación se hace necesaria puesto que a nivel simbólico, no hay un significante de la mujer con el que Dora pueda identificarse. 


Este concepto requiere de mayor explicación, pues tiene su raíz en el complejo de Edipo, donde la madre fálica en diada con el bebé es castrada, quedando en falta. Este es el papel que tiene la función paterna en el Edipo, da a un tercero la posesión del falo como objeto deseado, priva al bebé y castra a la madre. No renunciar a la madre fálica desemboca en una estructura perversa, pero la aceptación de dicha castración (la propia y la materna) lleva a la neurosis, ya sea en su modalidad histérica u obsesiva. 

Tras el Edipo, la histeria representa una posición de no tener, más asociada a lo femenino, mientras la estructura obsesiva representa la posición (masculina) del tener. Lo anterior se da puesto que el primer objeto de identificación (imaginaria) madre, es castrado, no tiene falo.  El obsesivo ¨voltea¨ hacia el padre, poseedor del falo, para identificarse simbólicamente con él y poseer el falo. La histérica, junto con lo femenino, queda sin un significante. Esto dificulta la identificación simbólica con la madre castrada. 

Sin embargo en la histeria, la falta de un significante (simbólico) como tal femenino es compensada con una identificación imaginaria con el hombre. La histérica, como es el caso de Dora, se identifica con los hombres a su alrededor como medio para acceder al falo, cuando menos en el plano imaginario al ser-como-el-padre-fálico. El amor al padre se sostiene en un deseo fálico, pues es lo que de él busca obtener. 

En este sentido, desde niña Dora se había inclinado más por una identificación con el padre, posteriormente el Señor K sustituye a este como su imagen de identificación. Colocándose desde la mirada del otro-varón, como en el Edipo negativo, Dora se identifica con el deseo del Señor K, ella también está encantada con la Señora K y la desea. Así es como intenta responder la pregunta sobre qué es ser una mujer, deseando a otra mujer. Su elección de objeto es homosexual  en este sentido. 

La raíz conflictiva del componente homosexual en la histeria, no tiene que ver con la elección de objeto, sino con la identificación. Es la imposibilidad de Dora (o de las histéricas), para identificarse con lo femenino, lo que desencadena sus idas y vueltas en el camino del deseo, buscan tener lo femenino en vez de serlo, es decir que se identifican con el supuesto padre fálico y desde esa posición buscan encontrar la feminidad. La histérica de Lacan se reconoce porque con su neurosis persigue la pregunta sobre ¿qué es ser mujer?, pero la aborda desde una postura de tener, y mientras no renuncie a tener lo femenino para encarnarlo y serlo, su búsqueda no cesa.

Dora, identificada virilmente con el Señor K, buscaba el significante de la mujer, para ella representada por la Señora K, quien de este modo ocupa el lugar del tercero, buscando aprehender el símbolo de esta. Además, el cambio del padre por el Señor K es favorecido tanto por la edad, (la imago del padre encaja bien con el Señor K en tanto que es mayor que ella), pero principalmente por la impotencia del padre. Dora reintroduce a la estructura a un hombre potente y fálico.

Otra característica estructural de la histeria tiene que ver con el deseo, el cual también se estructura a partir del complejo de Edipo. El deseo difiere de la demanda porque no busca un objeto para la satisfacción, sino apunta a otro deseo, es decir que es deseo del deseo y por lo tanto es imposible de satisfacer. 

En la histeria el deseo es el deseo del Otro; su insatisfacción tiene dos caras. Por un lado, al colocarse como el deseo del Otro, siempre es insatisfecho ya que lo que busca es el deseo, es decir la falta del Otro, no al Otro. En forma inversa, la histérica desea desear al Otro, recordemos que no busca al objeto, sino al deseo como algo vivo, por tanto se obtiene el mismo desenlace de insatisfacción. Esta configuración es Edípica pues es la Ley paterna la que prohíbe los objetos primarios, representados por el deseo de la madre, y expulsa el falo fuera del alcance del sujeto.

Como se dijo antes, en el caso de Dora el componente homosexual (identificación viril) se observa como medio para acceder a su verdadero objeto de deseo, la Señora K. Complementando esta afirmación con la estructura del deseo histérico, se entiende que la Señora K es el objeto de deseo porque es ella quien encarna para Dora al objeto de deseo del padre (Otro).

La Señora K tiene lo que Dora quiere tener, posee  ese algo que pone en marcha y sostiene el deseo de su padre (el Otro para Dora). También sostiene el deseo del Señor K, sustituto del padre con quien Dora se identifica. Una de las razones por las que Dora da la cachetada al Señor K en el lago, es por sus palabras “mi esposa no significa nada”, ya que con ellas quita a la Señora K de la posición en que Dora la había puesto. 

Si para el Señor K su esposa es nada, la joven pierde la posibilidad de acceder al padre a través de tener lo que ella, es decir de lo que Dora atribuía a la Señora K y que tanto deseaba el padre. La identificación viril de Dora con el Señor K ya no tiene utilidad pues él mismo le dice que no hay algo en su esposa que él desee. Es entonces que la joven se percata de ser un objeto de intercambio: es otorgada por su padre a cambio de mantener la relación con la Señora K.

Finalmente, en cuanto al goce, las histéricas buscan descubrir y evidenciar la falta en todos los otros, espejos de identificación de ellas mismas, colocándose en el lugar del deseo de los demás, demostrando a los otros lo incapaces que son de satisfacerlas, lo incompletos que todos están: ellas que quedan insatisfechas en tanto buscan la satisfacción absoluta, como sus objetos que no las pueden completar. En esto consiste el goce de la histérica. 

jueves, 8 de noviembre de 2012

La vejez y la muerte



Artículo escrito por Alejandro Silva y publicado en el portal de10.com del periódico El Universal.
Para verlo haz click aquí.

Desde 1982, la Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento fijó la edad de 60 años para marcar el inicio de la vejez. Sin embargo la población mayor de 60 años dista mucho de ser un grupo homogéneo. Es importante tomar en cuenta al menos 3 factores para definir con mayor precisión la vejez, primero la edad biológica y el estado físico en que se encuentra una persona, segundo la edad psicológica que se define como la capacidad de un individuo para tener una conducta adaptativa consigo mismo y con su medio, y tercero la edad social que se refiere a los roles sociales de las personas de acuerdo a las expectativas de su entorno cultural.

La manera en que una persona mayor puede afrontar su propio proceso de envejecimiento  depende de cómo se encuentre en cada una de las esferas de su vida. Es muy distinto el estado de una persona que goza de salud, que el de aquella que se encentra enferma; asimismo encontramos personas activas social y/o económicamente a los 70 años, mientras otras se encuentran totalmente aisladas a esa misma edad.

La vejez tiene características particulares en cada cultura y época histórica, por ejemplo en sociedades con poco desarrollo tecnológico  como las prehispánicas, los viejos eran muy apreciados, pues el cúmulo de experiencias y conocimientos que poseían tenían gran importancia y vigencia para las nuevas generaciones. Los aztecas se guiaban por un consejo de ancianos llamado capulli y tenían una posición social privilegiada.

La modernidad ha traído cambios en la estructura social, y junto con el avance tecnológico que permite a las personas vivir por más tiempo, ha cambiado también el papel de los ancianos. Su experiencia y conocimiento, no es vigente para las nuevas generaciones en términos productivos, siendo la productividad uno de los valores más apreciados en nuestros tiempos. Así, las personas mayores tienen cada vez más tiempo de salud física, pero menos espacios de productividad e interacción social.

Es en este contexto de cambios sociales y tecnológicos que la salud mental y emocional de las personas mayores cada vez adquiere mayor importancia, pues son justamente los factores psicológicos los que permiten o imposibilitan a las personas adaptarse a los distintos cambios que afrontan en la vida; además al entender la vejez como un proceso más dentro del ciclo de la vida, nos permite ubicar ciertos retos específicos que se afrontan durante esos años.

El proceso mismo de envejecer, con sus características biológicas, culturales y psicológicas es algo que de por si suele provocar miedo, principalmente porque se ubica como la última etapa de la vida antes de la muerte. Esta característica es particularmente importante, pues es a la muerte a lo que tenemos miedo, y muchas veces sucede que actuamos como si fuese algo contagioso, alejándonos de aquellos que creemos que están más cerca de ella, por ejemplo los ancianos. Más grave aún es el caso de personas mayores que también están convencidas de que viejo y moribundo significan lo mismo.

Sin embargo, es curioso que entre varios estudios llevados a cabo en Estado Unidos desde la década de los 70´s existe consenso en que sólo entre 10% y 15% de los ancianos expresan tener miedo a la muerte en si misma, en realidad a lo que se teme es a sufrir enfermedades prolongadas, al sufrimiento, o a la muerte del cónyuge.

Lo que muchos de estos estudios concluyen es que el principal conflicto durante el envejecimiento está asociado con las pérdidas, tanto de capacidades físicas (como la vista, el andar, la fuerza), como de roles sociales (trabajo, cuidado de los hijos, grupos sociales), y por supuesto de personas cercanas que comienzan a fallecer (pareja, amigos, familiares). Si entendemos el envejecimiento como un proceso de adaptación frente a estas pérdidas, es posible describir muchas de sus características de forma muy cercana a lo que implica un proceso de duelo en cualquier otra etapa de vida anterior.

De igual manera podemos afirmar que el principal reto de la vejez es realizar una evaluación de la propia vida, de los propios éxitos y fracasos, de sus deseos y sus temores, y con base en dicha evaluación afrontar la cercanía con la propia muerte. Las herramientas construidas y consolidadas a lo largo de la vida, son las que ayudan a las personas a enfrentarse a estas pérdidas, cambios y retos; así quien fue deportista y cuidó su salud, es mucho menos propenso a tener complicaciones médicas o enfermedades como diabetes, quien forjó relaciones afectivas cercanas y duraderas, seguramente podrá disfrutar de la compañía de más personas, y quien pudo construir un patrimonio sólido, sufrirá en menor medida de dificultades económicas.

La persona mayor se enfrenta a una crisis con dos extremos desde el punto de vista emocional. Por un lado, si siente que ha fracasado y que su vida no ha tenido sentido para si mismo o para los suyos, caerá en un estado de desesperanza, que incluye sentimientos de depresión, tendencia al aislamiento, ansiedad, miedo, y culpa. Este tipo de reacciones pueden ser favorecidas por factores externos, principalmente por las pérdidas a las que se enfrenta un adulto mayor, pero dependerá en alto grado de su fortaleza interna y las herramientas hasta entonces construidas por si mismo.

En otro extremo, cuando se le encuentra sentido y valor a la vida que se ha llevado, consigo mismo y con los demás, el sentimiento que acompaña al anciano es el de integridad. Cuando este estado se alcanza es porque se han aceptado las pérdidas que vienen con la edad, pero el valor de lo conseguido hasta entonces es suficientemente grande como para compensar el dolor de esas pérdidas. En este caso también existe dolor, tristeza o enojo ante algunos de los cambios o pérdidas, es decir que no tiene que ver con la negación total de las cosas difíciles del envejecer, sino con el encontrar un sentido y significado de la propia vida.

Finalmente lo más importante frente a cualquier tipo de pérdida, como las que suceden como parte del envejecimiento, es la capacidad que tenemos para enfrentarnos a ellas. Tanto la fortaleza interna y emocional, como de redes sociales de ayuda son importantes. Adaptarnos a los cambios significa encontrar nuevas opciones posibles, que nos permitan obtener más o menos la misma satisfacción que obteníamos de aquellas que ya perdimos, sólo así podemos salir enriquecidos de lo que a primera vista parece una pérdida.

martes, 30 de octubre de 2012

Estadio del Espejo y Complejo de Edipo según Jaques Lacan



Jaques Lacan. Psicoanalista francés.
Uno de los planteamientos fundamentales de esta teoría es el papel del falo como significante de la falta y por lo tanto como motor del deseo. Para comprender este punto de vista es relevante explicar el papel que el complejo de Edipo tiene desde esta perspectiva estructural, pues el paso por dicho complejo, es lo que determina la estructura del Sujeto, siendo la histeria, uno de los cuatro posibles desenlaces.

De acuerdo con la lógica de esta teoría, el complejo de Edipo inicia en el umbral del estadio del espejo, momento particular en el desarrollo psíquico del niño en relación a su identificación y, al mismo tiempo, alienación con su madre. En esta experiencia de identificación, el niño conquista la imagen de su propio cuerpo, dando lugar a la estructuración de su Yo (Je). Previo a este logro, el niño vive bajo una fantasía de cuerpo fragmentado donde no hay una experiencia de totalidad unificada, sino de algo disperso. 

El estadio del espejo se organiza en distintos tiempos. Inicialmente existe una confusión entre uno mismo y el otro, se evidencia el vínculo del niño con lo que Lacan llama el registro imaginario, el niño que golpea, dice que lo han golpeado, se vive y se localiza en el otro. El segundo momento se da cuando el niño es capaz de descubrir que el otro del espejo no es un ser real, sino una imagen, es decir sabe distinguir la imagen del otro de la realidad del otro. En el tercer momento el niño se re-conoce a través de esa imagen, es decir que reúne en una totalidad unificada la representación del cuerpo propio, su Yo (Moi).

A estas alturas del desarrollo, la conquista de identidad se da a nivel del registro imaginario, lo que se refiere a que la formación de su Yo (Je) se da a partir de la observación de su imagen en el otro especular Yo (Moi), es esto lo que paradójicamente favorece su propia alienación y desconocimiento, pues se ve en otro.

El Edipo tiene igualmente tres tiempos, cada uno es definido por la posición que el niño adopta respecto al falo, significante que se corresponde con el concepto de la falta. Esta noción va más allá de la realidad anatómica de la diferencia de los sexos, es decir que aunque se ancla en la percepción visual (imaginaria) de esta ausencia, precede a ella. El niño persiste en concebir como faltante algo que él imagina que debería estar ahí, mas no se trata de una falta genital, sino del falo como objeto en sí mismo inexistente, como falta constitucional. 

Como queda claro, la diferencia anatómica de los sexos es un problema a nivel de la identificación en el registro imaginario, pero es el papel del falo lo que desencadena el complejo de Edipo. Inicialmente el niño se coloca como siendo el falo de la madre, se vive como el objeto del deseo de la madre, colmando todo deseo posible de ella quien en consecuencia no tiene falta. Su deseo es ser el deseo de la madre.

Un segundo momento se da cuando “ser el falo” no es sostenible gracias a la función paterna. Más que la presencia de un padre de carne y hueso, la función paterna instaura la Ley del no incesto, priva al niño de la madre, y castra a la madre del niño-falo. La Ley paterna implica que la madre desea más allá de su hijo, lo que el bebé entiende con ello es que ni él ni su madre son el falo y que ambos se encuentran sujetados a otro orden. Este es el orden del registro simbólico, donde existe un tercero que rompe con la díada. Esto es el complejo de castración según Lacan.

Finalmente, la declinación del Edipo se da por la simbolización de la Ley. En este tercer tiempo, el padre no sólo es quien castra al niño y a la madre, sino quien tiene el falo, es poseedor del objeto deseado por la madre. La función estructurante que este tiempo del Edipo tiene para el niño consiste en la localización exacta del deseo de la madre, ya que tanto ella como él, están desprovistos del falo; el padre deja de ser quien priva, y al ser el supuesto depositario del falo, lo restablece en el lugar del deseo de la madre. El niño, como su madre, desprovistos de falo, pueden desearlo allí donde se encuentra. El falo deja de ser algo que se es, se simboliza como algo que un tercero tiene y se desea tener, la simbolización de la Ley implica la represión originaria (no incesto) y la subsecuente sustitución/simbolización de objetos.



lunes, 17 de septiembre de 2012

¿Cómo nos define ser mexicanos?


Por Psic. Alejandro Silva

Es frecuente que incluyamos la nacionalidad dentro de nuestra descripción y seguramente si nos presentáramos ante un grupo internacional, decir “soy mexicano” sería de los primeros elementos de nuestra introducción. Pero, ¿qué dice de nosotros el ser mexicanos?, ¿cómo influye nuestra nacionalidad en nuestra identidad y visión del mundo?

Usualmente las personas no piensan mucho acerca de cómo influye en su personalidad el ser de una determinada nacionalidad, lo hacemos hasta que notamos contrastes con personas extranjeras o nosotros mismos nos encontramos en otro país. Sin embargo el país y la cultura en la que nacemos,  resultan fundamentales en nuestra identidad pues se vuelven el terreno que da las condiciones para nuestro  desarrollo. 

Así como los vinos y sus características de olor, sabor y color dependen de la región y el terreno dónde se plantan las uvas, la nacionalidad define muchas de nuestras características.

Ser mexicano es uno de los aspectos más importantes en la identidad de más de 100 millones de habitantes del planeta. Suele decirse, de los latinoamericanos en general, que somos personas “cálidas”, es decir que tendemos a ser afectuosos y expresivos. Esta es una de las principales características de los mexicanos que filtran y definen la forma en que vemos el mundo, hay un predominio de las emociones y los vínculos por encima de las razones o realidades externas. 

Una de las particularidades de los mexicanos es que tendemos a ser muy apegados a las familias, y a hacer redes de apoyo con la comunidad que nos rodea. Estas son características comunes en sociedades donde hay dificultades económicas, pues el apego al núcleo familiar o comunitario facilita muchas condiciones para la supervivencia. Dentro de entornos económicamente inestables, es más conveniente mantener vínculos y relaciones  que brinden la estabilidad que no se encentra fuera del núcleo.

La tradición del día de muertos es un buen ejemplo de la importancia de los vínculos, por encima de la realidad externa. Muchos extranjeros se sorprenden de que en México se celebre la muerte, pues como hecho real es algo definitivo, temido e irremediable; se considera poco grato tratar con asuntos relacionados a la muerte, y es casi impensable celebrarla. 

En México el festejo celebra el vínculo que se tiene con los muertos, ese día regresan a la vida y disfrutan de los placeres terrenales, es posible celebrar la muerte porque se puede conservar viva la relación con los que ya no están. Si no predominara en nuestra visión la importancia de las relaciones, por encima de los hechos externos, la muerte no tendría una celebración.

En lo más cotidiano, los mexicanos nos motivamos más cuando en el trabajo tenemos un buen ambiente de trabajo, los salarios, prestaciones y prestigio son menos importantes que una buena relación con nuestro jefe o compañeros. En general, los mexicanos preferimos sentirnos queridos por los demás, en contraste con otras culturas donde el éxito individual es más valorado. El sueño americano de triunfar a partir del sudor propio, es distinto de las empresas familiares que se hacen en México, donde predomina la importancia de las relaciones interpersonales.

Por supuesto que cada quien desarrolla y vive de forma particular su identidad como mexicano, y hay muchos más aspectos en nuestra cultura que favorecen ciertos tipos de comportamiento por encima de otros, pero vale la pena considerar el apego y la importancia de las emociones como parte importante de la identidad del mexicano para entender cómo estos pueden incidir en nosotros mismos.